Moriría de la felicidad si tan solo tuviera un par de segundos para besar la piel de esos hombros que tienes, o de tu espalda, o tus labios o cualquier ápice de piel que se extiende por tu inmensurable esplendor, exótico e insular.
Moriría del placer si tan solo mi lengua te conociera y luego mis manos, y luego el resto de mi piel.
Moriría de dicha si pudiera ver la transformación de tus pupilas en medio de la posesión de tu cuerpo. En medio de la aventura de unas manos cansadas, a través de una piel que respira pasión, puede que naufrague en esa isla que escondes bajo tu lengua, puede que encallé en el banco de la arena de tu cintura, y sobreviva, y respire, y viva, y me quede.
puede que tu luz queme mi piel, puede que tu sal, dañe mis labios, pero vale la pena este paseo por tu orilla para conocer los detalles de ti, las marcas de tu mar, la fuerza de tus olas, el sabor de tu espuma, tu calor, tu color.
Moriría por colgar un chinchorro en el regazo de tu pecho y columpiarme hacia la grandeza de la fantasía cumplida.
Eres insólita, eres un lugar singular, donde quiero pasear y correr, y dormir, y despertar, y sudar, y llorar o reír.
Inclasificable en la lista de las maravillas halladas por el hombre, tu eres increíble y tangible.
Moriría si tan solo tuviera un par de segundos para tocar dentro de tu arena y sentir la temperatura bajo tu acalorada piel, y comería de tus frutos con agradecimiento e ímpetu.
Piel color atardecer, voz como canto del sol que se despide y pasión que fluye como el vaivén de tus aguas.
Baña mi espalda con tu brisa húmeda y déjeme conocer tu secreto de belleza, muéstrame el tesoro de tus profundidades y tómame poseedor de la fortuna de ser de ti, como tu de mi.
Anímate amor, que mañana seré yo quien te despierte del sueño con un morisco en tu cintura.